En ocasiones, la historia que más enseña es la que empieza al revés.
Antes de que empiece en serio, que empiece de verdad, hubo que matar al jugador, al arquero.
Porque entre retiros y vueltas, hubo algunas experiencias, de corajudo, de cara dura, solo por personalidad, por tener la intuición para la necesidad del momento.
Y el cuerpo habló, y dijo basta, de manera tajante.

Entonces casi sin respiro para el proceso interno, apareció la oferta, en el mismo club donde me retiré perdiendo una final en el resultado y ganándola desde el privilegio de haberla jugado a los 42 años, con dos de mis hijos uno en cada mano.

El profe y yo, mano a mano (como el tango), con tres categorías a cargo (35 jugadores entre las tres), 1era, 4ta y 5ta.
Sin cancha propia, con entrenamientos en espacios aleatorios, plazas varias, complejos municipales…entrenamientos gitanos, llevando los elementos de un lado a otro de la ciudad.
Convenciendo, siendo acompañados, entrenamientos intuitivos y sin estructura. Solo la palabra y la creatividad de tornar la jornada en un buen momento y espacio.
Llegar a fin de año habiendo coronado en las tres divisiones. Impensado para un club con veintipico de años.
Increíble para mí, creyendo que tenía la bola de cristal o superpoderes.

Sin embargo, la naturaleza (o no tan naturaleza), nos frenó en seco con una pandemia que paralizó el mundo para cortar el envión de esa carrera alocada y deformante que fueron esos tres títulos en un solo año. Como si el ego no fuera capaz de decirte: “sos un fenómeno”.
¡Vamos! ¿Quién no se empalagó con un título? La inexperiencia escondida, camuflada detrás de un logro deportivo, cuando en verdad la historia empezaba a escribirse de verdad ahí, con el aterrizaje a tierra.
El retorno de la pandemia, los cambios producidos por esta, me empezó a bajar a la realidad, a la de las arenas movedizas, la realidad de la inestabilidad por no encontrar lo que tenía o había logrado antes.
¿Por qué no funciona? ¿Si había funcionado antes?
Antes no es después, antes no es ahora. Antes fue un ahora que ya dejó de serlo y eso no estaba dentro de mi capacidad de comprensión, de descubrimiento.
Derrota, derrota, derrota. Realidad, realidad, realidad.
¿Herramientas? Ninguna, la intuición no alcanzaba, la convicción siempre es más efectiva con la victoria o al menos eso parecía comprender mi cabeza.
Y en este mundillo tan cruel que suele ser el del resultado deportivo, la tozudez en ocasiones es tan grande que te ciega a valores inimaginables.
¿Y qué sos capaz de hacer para mantenerte en ese lugar que creíste haber alcanzado, que te parecía super elevado o glorioso?
Entregar tus convicciones. Y esa es la primera derrota real, que no se compara con la deportiva. Esta es peor, porque te mete en un laberinto tan enroscado que te lleva a olvidar que en algún lado está la salida y la sensación que te inunda es que vas a vivir ahí por siempre.
Hasta que en algún momento y por diferentes intereses, salís. Pero no por haber encontrado el camino, sino que algo o alguien te hace una propuesta diferente (ser dirigente) y salís del laberinto, pero como sacado con un gancho de grúa que te ensarta en el pecho y te revolea como un saco vacío, viejo e inútil del lado externo de ese laberinto.
Y olés el pasto desde afuera, te falta el sonido del vestuario, te falta un pedazo de vida, una vida que deportivamente sentís empieza a hacerse más chiquita, más insignificante, sosa, sin pasión que solo se sostiene colgada de un recuerdo que se hacía cada día más borroso.
Entonces te vas, te alejás, necesitás reconfigurar el cerebro y mirar mejor.
Es así entonces que decido darle contenido y estructura a lo que quería ser y lo que quería hacer.
Así fue como inicio la carrera de director técnico. Objetivo trazado. Tres años por delante.
Sin embargo, nada es lineal, aparecen llamados en momentos inesperados, cuando ya estabas recorriendo un camino. Y ese llamado te llama a desviarte, te tienta, te susurra al oído, como el canto de la sirena. Y hay que decidir, como siempre.

Pero ese “como siempre” no implica que tengas la capacidad de discernir la decisión del porqué sí y porqué no.
Pasa que es la zanahoria que te ponen delante de la nariz la que te confunde, y no es la plata. Es lo que te mueve las vísceras, estar en el campo, volver a dirigir.
Claro, ahora con otro contexto, con todas las herramientas al alcance de la mano más un plus muy tramposo. Por el formato del torneo y el momento en el que acepto, teníamos la final anual asegurada.
Promesas sobre el bidet, se llama una canción de Charly García. Promesas que mentían y escondían otros futuros ya decididos, futuros que no me incluían.
Tomar dos divisiones, con plantel armado por otro entrenador, con la competencia en movimiento, sin embargo, lograr rearmarlas, sumar entre 30 y 35 jugadores por entrenamiento producto del trabajo propuesto, de la manera de conducir y respetar a los jugadores.
Jugamos las finales, seis fueron. Entre liguilla, clausura y anual. Superioridades y adversidades repartidas por igual.
Y en la definitiva, la que decidía, arrancamos cuesta abajo. A los quince del segundo tiempo estábamos 0-2 y meto cambios. Y funcionan. Empatamos. Y erramos el último penal de la serie de 5. Subcampeón. Despido y depresión.
Es difícil entender cómo tracciona esa depresión. Empieza con un fuerte cuestionamiento sobre las propias capacidades.
El argumento para eso era que, en un club con menores recursos cualquier cosa que hiciera, por más chiquita o insignificante, parecía un montón. Mientras tanto en un club donde tenía todo enmarcado en las condiciones ideales de trabajo, te dejaba más expuesto en todo sentido.
Y allí surgieron preguntas. ¿Estoy capacitado para esto? ¿El resultado es lo que realmente evalúa las aptitudes para la función?
Entonces todo se pone oscuro, no hay movimiento, al menos que el que yo esperaba, que no era otro que el llamado de un club para volver a intentarlo.
¿Qué no sonara el teléfono era señal de que no servía para esto? ¿Había identificado que estaba trabajando en una ciudad con determinada cantidad de clubes y todos estaban cubiertos?
NO. La respuesta para estas últimas dos preguntas.
Y entonces (enero 2024) ya habiéndome recibido de la primera de las cuatro licencias de la carrera de director técnico, aparece Agustín.

Agustín es un arquero que empezó allá por el 2018 a entrenar conmigo en el segundo año de la escuela de arqueros. Escuela que fue pionera en la ciudad en 2017, donde una cantidad impensada de arqueros y arqueras de diferentes edades se sumaron. Hermosa experiencia.

Volviendo a Agustín (que en 2018 tenía solo 9 años), comenzó a escribirme para que lo entrenara de manera particular.
Mi estado anímico no permitía identificar su pedido como lo que terminaría siendo.
Mi respuesta era negativa, argumentando que esperaba llamado de club, y llegó febrero, volvió a escribirme y recibir la misma respuesta e igual en marzo.
Hasta que, en abril, con el torneo empezado y yo en casa, sin club, vuelve a hacerlo y antes de responderle, María Marta (mi sabia compañera de vida) me dice:
MM: “- ¿Cuándo vos tenías la edad de Agustín que hubieses hecho si un señor de tu edad (48) te decía que no a tu primer pedido?”
YO: “- Me iba llorando por los rincones con la cola entre las patas.”
MM: “- Exacto, en cambio Agustín te siguió escribiendo durante cuatro meses seguidos, ¿no entendés que quiere que lo entrenes vos? ¡No otro, vos!”
Y siendo su sabiduría tan clara y contundente fue que me planteé hacerlo, con condiciones. Condiciones que tenían el objetivo que fuera él quien rechazara en esta oportunidad.
Poniéndole días y horarios que lo obligaran a hacer un esfuerzo quizás complejo de aceptar (lunes y miércoles a las 9am siendo que él iba a la escuela por la tarde) y mis honorarios elevados. Le dije que lo consulte con su familia, juro que esperando el rechazo. Y la respuesta fue: “¿empezamos mañana?”. Y así fue, empezamos al otro día.
La miro a María Marta y le digo que OK, que tenía que acompañarme, que lo íbamos a tomar de la manera más profesional posible y ella tenía que ayudarme a registrar en imágenes los entrenamientos y de esa forma, además de entrenarlo, darle devolución concreta de su desarrollo y evolución. Nada mejor que verse para pulir.
Al día siguiente del entrenamiento, me escribe el padre de Agustín, me solicita un “alias” para transferir mis honorarios, se lo paso e inmediatamente me llega un depósito por casi el doble de lo que habíamos acordado, situación a la cual respondo inmediatamente pidiéndole ahora yo donde reintegrar el excedente, recibiendo una respuesta contundente: “tu laburo vale mucho más que eso”.
Y no pude contener las lágrimas, ese valor que claramente no era el económico, empezaba a escribir otra página, una de reinventarse, de romper el propio molde.
Los entrenamientos con Agustín me mantenían activo, lo acompañaba en la competencia también y luego le enviaba devoluciones sobre lo observado. Me sentía en movimiento.
Un día cualquiera, mensaje de Whatsapp, un representante de jugadores que me había contactado oportunamente en 2023 con motivo de competencia Federal, preguntándome si estaba buscando jugadores para el año en curso (te recuerdo estamos situados ahora en 2024), a lo cual le respondo que no estaba trabajando en ningún club y me consulta si tenía currículum armado para presentar en clubes de la zona. Le respondo que me diera unos minutos que lo armaba y se lo pasaba, cosa que así fue y me comentó que ese fin de semana lo pondría en la mesa de una reunión con dirigentes de un club de una vecina localidad. Nunca tuve un llamado por eso, pero algo se había gestado en el armado de ese CV.
Julio. Seguía entrenando a Agustín, cursaba mi segundo año de la carrera y llegando junio y siguiendo las noticias del fútbol de la zona, un club de Chivilcoy, ciudad en la que había vivido durante casi 30 años y donde debuté en 1era División, se queda sin entrenador por renuncia de éste.
Entonces, romper el molde fue contactarme con el presidente de la institución, gracias a la información de un entrenador que yo tuve en mi paso como jugador en esa ciudad y le envío mi currículum adjunto en un mensaje y a los 5 minutos recibo el llamado del presidente contactado.
Me agradece haberme postulado, que estaban a la espera de la respuesta de un técnico que ellos habían llamado y que, si la respuesta era negativa, entraba en consideración. Lunes.
Martes por la mañana me llama nuevamente, me confirma la negativa de la respuesta que esperaban, que entraba en consideración por el puesto y que de los tres postulantes que estábamos en esa condición era quien mejores referencias tenía (luego me enteré que fue de un jugador que había dirigido y que compartía mismo lugar de trabajo, aunque en diferente ciudad, con el presidente de este club) y me propuso reunirnos con los encargados del fútbol del club en una reunión virtual esa misma tarde, previo a acordar las cuestiones económicas para avanzar hacia esa entrevista.
Y sucedió la entrevista y mientras sucedía iba notando todas las herramientas que disponía para defender con argumentos el porqué debían elegirme. Y me eligieron. Y me preguntaron si podía empezar el miércoles porque el domingo jugábamos. Y mi respuesta fue sí. Corté y volví a llorar, como un nene que había obtenido lo que anhelaba. Lloré porque no me quedé esperando, porque lo fui a buscar. Como Agustín me vino a buscar a mí.
Y el miércoles inició entrenando a Agus, al mediodía viajando y parándome frente a un plantel que me habían dicho lo difícil que era desde los egos, más allá de las virtudes futbolísticas. Los dos pies en la tierra, la experiencia atravesada en la espalda y la ilusión de vivirlo con más pasión y más inteligencia que las experiencias anteriores.
Y entrenamos, llegó el domingo, ganamos y me fui corriendo solo al vestuario mientras los jugadores festejaban. Me fui a llorar, una vez más. Esta vez de orgullo, orgullo de mi reconstrucción.
La experiencia fue hermosa, cansadora pero hermosa, viajaba todos los días, seis de siete para ser más preciso.

En un torneo de quince equipos donde en la fecha 4 estábamos últimos y sin puntos a terminar la ronda regular 5° e invictos en ese sprint. Quedamos afuera en 4tos de final, pero fue totalmente insignificante.
Conocí jugadores de una calidad técnica, táctica y humana invaluable, donde logramos generar una relación de respeto, complicidad y evolución que, creo recíprocamente, disfrutamos plenamente.
Entonces, el arribo al cierre de ese año me encontraba con la posibilidad de continuidad en ese club, una propuesta en Chacabuco y habiendo aprobado las dos licencias de la carrera de técnico cursadas ese año.
Decisiones por tomar. Reconstrucción realizada.
Empezaba el 2025, último año de carrera, Licencia Pro como objetivo principal. Por consecuencia, la decisión de las propuestas laborales futbolísticas, se definían por el desgaste físico de los viajes. (las laborales no deportivas es/son la/s misma/s hace más de 20 años- Soy Coordinador de Liquidaciones de sueldos en empresa de Recursos Humanos).
Vuelvo a dirigir en Chacabuco, con otro contexto, con otra proyección y por sobre todas las cosas con una etapa de adaptación donde la transición a interpretar la idiosincrasia del nuevo club me hizo tambalear nuevamente.

Es común en el fútbol amateur y dentro de la “muchosidad” de cosas que hacemos, dirigir termina siendo casi la última y a la que menos profundidad le damos y la consecuencia de ello es verdaderamente elevada.
Sin embargo, seguimos, con resultados adversos en su mayoría, construyendo, sembrando algo que quizás no fuéramos a cosechar, pero con el objetivo personal claro. Recibirse y buscar oportunidad de nivel superior.
Termina la temporada. Finalmente me recibo de director técnico en la licencia Pro y un capítulo más que se coloca en la columna de los realizados.

En cuanto a lo deportivo, mucho aprendizaje, búsqueda de evolución propia y continuidad del proyecto.
Inicio sesiones con profesional para trabajar con mi perfil de liderazgo, con el objetivo de no perder y equilibrar el lado humano característico y de sello propio, sumándose a la exigencia, compromiso y profesionalismo con el que me gusta llevar adelante las gestiones, siempre en contexto. Sin contexto no hay lectura válida ni constructiva.
Inicio el 2026 con la continuidad del proyecto del año anterior, cambiamos algunos ejes de la estructura, buscando tener al plantel completo en la ciudad (el año anterior traíamos refuerzos, todos jugadores que había dirigido en mi paso por Chivilcoy y con los cuales mantengo una gran relación), quedamos con mi Cuerpo Técnico al frente de 3 divisiones (1era, sub23 y 5ta) trabajando con 45/50 jugadores por sesión, lo cual me permitió identificar positivamente la enorme capacidad de organización para distribución de contenidos, espacios de trabajo y una planificación desarrollada por franja etaria que me demandó un esfuerzo notable, pero que disfrutaba día a día.
Luego llegaron cambios de estructura a pedido de la dirigencia del club, en las cuales no estuvimos de acuerdo y aceptamos de manera honorable esas decisiones, pero decidiendo dar un paso al costado.
Un par de meses después llega una nueva propuesta, en la cual hoy estamos trabajando y compitiendo, con el mismo Cuerpo Técnico acompañándome, con un contexto completamente diferente, haciendo que la reconfiguración de todas las gestiones sea adaptable a este espacio, mientras seguimos sumando experiencia y conocimiento en todos los espacios que el rol permita.

Por eso, no hay que confundirse, el resultado hoy manda, es cierto. Pero en la carrera del entrenador no es normal ni natural empezar ganando todo lo que compitas. ¿Puede pasar? Sí. Pero empezar al revés es como empezar a construir una casa por el techo.
Necesitamos los cimientos, necesitamos fortalecer las paredes que sostendrán ese techo. Techo al que aspiro no llegar nunca y tener siempre espacio para más desarrollo, para elevar el nivel, para ofrecer más herramientas, para sumar más experiencias, para seguir disfrutando de esto que nos apasiona.
Que tiene que ver con las historias, con las que se escriben dentro del campo de juego y las otras, las más importantes, las que perduran más allá de los límites de la cancha.
Agosto 2026